Las últimas lluvias de agosto parecieron idénticas a tantas otras que, durante siglos, han bañado a Chillán. Pero esta vez las lluvias, como antes los terremotos o las inundaciones chillanejas, parecieron otro de sus espasmos por querer sacudirse de encima lo que está mal, lo que ya no soporta. Y a Chillán no le gustan sus pavimentaciones.
Las lluvias y el excesivo tráfico vehicular la hieren, le producen várices, costras y hacen que sus habitantes la insulten. Los adoquines siempre vuelven a asomarse, como cadáveres mal enterrados, para alertar que detrás del deterioro existe una historia poco conocida y que ayuda a entender por qué tantos esfuerzos de municipios y organismos públicos no consiguen resolver el problema de fondo.
Chillán tiene un Sub Sole bastante conocido. Es el de sus héroes de la patria, sus artistas y personajes que forman parte de la memoria oficial de la ciudad. Pero también tiene un Sub Terra, mucho menos explorado, que relata a una ciudad que debió reconstruirse a la rápida después de catástrofes y que fue creciendo sobre “soluciones transitorias”, tapando sus problemas bajo capas de asfalto.
Fue una ciudad concebida para
Fuente original: La Discusión
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